Por Walter Cazenave
Para Olga y Pablo Calmels
Don Erasmo Rodríguez mira con una cierta curiosidad al hombre que tiene enfrente. Con machacona insistencia le ha pedido que rememore aquel día. Erasmo lo ha medido con ojos entornados mientras saboreaba un trago de vino blanco bebido a morro. No ha encontrado segundas intenciones. Ha accedido.
Nacido y afincado en el Toay, hombre de siete oficios, sus primeras andanzas como pocero las hizo con el vasco Iraola, que le enseñó ese trabajo. Después estuvo con Juan Villegas y hasta con Casimiro Lucero, frecuentando la flor y nata de tamaño oficio. Por eso fue que se le animó al pozo de Barale, allá por el Bajo de las Palomas. Debía andar por los cuarenta y cinco o cincuenta metros de profundidad--no demasiado para la tarea--y había que desbarrar el fondo y volver a calzar una parte de las paredes para que no se derrumbara, porque el terreno era arenoso.
Había trabajado a veces a órdenes de geólogos y le resultaba curioso e ínentendible ese idioma compuesto de la palabras difíciles (siempre se acordaba de "estrato" y "freática") con las que ordenaban y entendían la tierra perforada. Él se llevaba, cómo no, de la pura experiencia, de lo que le habían enseñado sus maestros y de lo que iba aprendiendo en cada ocasión. De allí que ahora no dejara de sentir un íntimo orgullo observando las calzas parejas --Casímiro algo les habría encontrado, pensó con una sonrisa-- y viendo allá lejos, tan arriba, la sombra recortada contra el cuadrado de la boca del pozo, cinchando lento y parejo, levantando las últimas pelotas con un poco de tierra y algunas herramientas. Debajo suyo el Vasco daba los toques finales a esas calzas, que ya debían haberse trabado. Era apenas una sombra, fugazmente alumbrada por los espejos que manejaban desde arriba y Erasmo percibía, en una alternancia entremezclada, los jadeos, los chiflidos alegres y, de vez en cuando, alguna puteada mansa, como de compromiso con la tarea.
Si aguzaba el oído, por allí llegaba a oirse el ruidíto cantor del agua llorando en la campana, contra la napa, que ya empezaba a levantar nivel. Como un metro debía de haber ya, sino más. Mientras se hamacaba en el catre que lo sostenía pensó que después de esto quedaba poco: los toques finales, el ajuste a los caños arriba y un buen brocal para que no cayeran sapos. Ni víboras. En realidad, por lo que él sabía y lo que contaban los otros, las víboras rara vez caían. Más bien se bajaban, increíblemente, arrolladas por el caño hasta las travíesas del fondo. Y allí vivían; siempre que hubiera sapos, claro, porque era sabido entre los poceros que pozo que tenía sapos seguro que también víboras, y víceversa. Recordó con un repeluz aquella bajada en Nereco cuando, a palo limpio, tuvo que matar seis viborones. Como a cincuenta metros y alumbrado por el espejo que reflejaba de arríba ivaya sí trabajó con desconfianza ese día...! pero no pasó nada, y los sapos de fiesta.
Aquí, en el Bajo, habían tenido suerte. Ni víboras ni sapos. Limpito el pozo. A él siempre lo había intrigado la bajada de los sapos al fondo de pozos de cien y más metros. (De Telén afuera, decían, el del campo de Echeveste andaba por los ciento cincuenta). Un sapo no puede enroscarse como una culebra y si cae desde semejante altura seguro que revienta... como un sapo. Fue el viejo Casímíro quien, después de chichonearlo por su falta de ídoneidad --lujos que se permitía porque lo conocía desde chico-- le reveló el singular secreto: los sapos planeaban. Incrédulo había tirado dos o tres y comprobado efectivamente que el animal se estiraba en el aire y descendía con cierta suavidad, vívo. De paso eso demostraba que el sapo no caía al pozo sino que se arrojaba por propia voluntad (¿tendrían voluntad los sapos ?) en busca de... ¿de qué...? Agua, oscuridad, comida segura... ¡Vaya cambio!... Pero después de todo, ¿acaso él no hacía un poco las del sapo...? Habiendo tantos oficios, y sabiendo hacerlos decentemente, en cuanto podía volvía a su andanza de pocero. Claro que, lo mismo que al sapo, pensó sonriendo, le convenía por la comida y la paga, y era, en definitiva, cuestión de costumbre.
¡Guarda abajo !!. La voz alertándolos rebotó por el pozo y descendió hasta un eco húmedo. Erasmo se pegó a una pared y vio el cascote que pasó a medio metro suyo, rebotó en un travesaño y chapaleó contra el agua, rozándolo apenas a Zaldarriaga. Renegaron los dos casi al mismo tiempo que se disculpaba el de arriba, porque había sido un mal movimiento al descargar la última pelota izada. De todas maneras, pensó, los tres fingían un poco porque desde el vamos se habían dado cuenta, por la Intensidad del grito, que no fue mucha, que lo que caía no era peligroso. Otra cosa hubiera sido si se trataba de una herramienta, que más allá de los cinco metros es un arma mortal. Erasmo evocó una charla con el viejo Berazategui cuando le contaba de la ocasión que salvó la vida por milagro: al agacharse casualmente para levantar una cuña, un bloque de piedra mora como de treinta kilos zumbó junto a su oreja, cortó un caño de cinco pulgadas como si fuera manteca y se hundió en el barro del fondo que no lo vieron más... No, si aguantárselas en el fondo de un pozo no era para cualquiera. Montes, viejo diablo, refería con una risa socarrona la vez que, por chiste, en un pozo de más de cien metros, le tiraron a uno un cardo ruso, grítándole que era la pelota desprendida. El cardo, liviano, rebotaba de pared a pared y de abajo, decía el viejo, se oían los alaridos de terror del hombre... La broma fue pesada; cuando salió los quiso pelear a todos y después agarró las pilchas y se fue, mandándolos a la mierda. La gente del oficio no usaba casco--menudas cachadas para el que se lo hubiese puesto-- pero, en realidad, nunca gastaba esos chistes.
Por eso Erasmo se hamacaba despacio en el catre, cuidando de que ni la más leve cosa cayera sobre Zaldarriaga, que estaba cuatro o cinco metros por debajo de él. Por eso también, en la penumbra que dispensaba el espejo, estuvo a punto de decirle que no tocara esa calza, la última, que acaso no estuviera todavía bien afirmada en el terreno arenoso. Pero el hombre era su igual y podría haberlo tomado a ofensa. Zaldarriaga cortó la madera y, casi simultáneamente, se derrumbó el mundo.
Privados del sostén esencial de abajo, debilitadas las paredes blandas por la apertura a puro pico y pala, quince o veinte toneladas de arena, tosca, madera y ladrillos cayeron sobre los hombres. En dos o tres segundos, ahogado por el polvo, Erasmo Rodríguez supo de la oscuridad y el silencio más absolutos. Cuando su mente reaccionó, la primera pregunta que se hizo fue si estaba vivo todavía. La respuesta fue aterradora: estaba enterrado vivo, y otro tanto debía ocurrir con Zaldarríaga, algunos metros por debajo suyo. Cuando el trueno del corazón dejó de aturdirlo inquirió a su cuerpo: no podía mover absolutamente nada, comprimido como estaba por la masa derrumbada. Apenas si oscilando un poco la cabeza daba contra algo que parecía madera, un travesaño--sospechó-- que debía haberle salvado la vida. Lo demás era una viva presión en todo el cuerpo, centímetro a centímetro.
Después pensó en su hijo. Hacía cuatro meses--¿o cinco ?-- que había nacido, y era todo su orgullo. ¿Quién cuidaría de él y de la madre cuando el padre no estuviera?... Se dio cuenta de que ya se daba por muerto y le dio rabia, hizo un gesto de reniego y un cascote le pegó suavemente en el labio. Era imprescindible que no se moviera. No sabía cuánto material tenía arriba ni abajo y era posible que cualquier sacudón derrumbara algo y le cayera en la cabeza o, peor todavía, lo precipitara hasta el fondo. Después de todo, recordó con inquietud, cuando se produjo el derrumbe estaba a más de veinte metros sobre el agua.
Pensó en Zaldarriaga. Era posible, muy posible, que el Vasco estuviera muerto. El, lo sabía por baqueano, vivía de casualidad, y dos milagros al mismo tiempo son mucho. Rememoró algunas andanzas y algunos vinos compartidos con el Vasco y sintió pena. Venir a morir así ... ¿Y qué era "morir así" ?... Ni más ni menos que morir en su ley, como seguramente iba a morir él. Un relámpago surgió detrás de su pensamiento consciente: "no de sed, por favor, no de sed ni asfíxiado. Durante un rato memoró con una curiosidad malsana, que lo extrañó, historias de derrumbes y muertes en pozos. Eran obligadas en las noches de fogón y, aunque constituían el fantasma de los poceros, todos las conjuraban secretamente pensando "a mí no me pasará".
Le había tocado a él, a Erasmo Rodríguez Sierra, paisano de los montes de Toay y ahora, así, de golpe, viendo que podía respirar y pensar, súbitamente lo atacaba la angustia del tiempo. ¿Cuánto hacía que estaba allí? ¿Diez Minutos o dos horas? ¿0 cinco horas?. Se dio cuenta que en la oscuridad se perdía completamente la noción del tiempo. Recordó, sí, que un rato antes del derrumbe alguien de arriba dijo que iban a ser las nueve de la mañana, pero ¿sería todavía la mañana ?... Casi como si lo viera recordó un ramalazo de cielo azulísimo, rayado de nubes de verano, las ramas de un caldén viejo y un pájaro --¿calandria?-- que cantaba. Y él con ese ataúd de arena y ladrillos que lo inmovilizaba. Maldijo la palabra. Le recordó inmediatamente a Juan Franchuk, por cuya tumba, cada vez que iba al cementerio el primero de noviembre, pasaba con una cierta aprensión. Decían los viejos que el hombre no estaba propiamente muerto cuando lo enterraron, que había tenido un ataque de catalepsia y que se había despertado dentro del cajón, donde murió loco o asfixiado o todo Junto. Eso había ocurrido hacía ya mucho tiempo, cuando él era un chico, pero el recuerdo le llegaba nítido, quizás porque entre él y Franchuk había muy poca diferencia en ese momento.
Erasmo no supo si se había dormido o, simplemente, había perdido el conocímiento. Lo volvió a la vigília un sonido musícal, metálico y, a la vez, familiar: alguien golpeaba un caño. Cuando pudo aclarar las ideas se dio cuenta que el caño que levantaba el agua debía pasar muy cerca de su oreja. Y que alguien, arriba a o abajo de él, lo golpeaba. Prestó más atención. Sonaron tres golpes netos que descendieron musicando y se perdieron hacia el fondo. Después de unos segundos, para su sorpresa, respondieron --inequívocamente desde abajo-- otros tres golpes, desmañados y a intervalos regulares. Eso significaba sólo una cosa: de arriba mandaban un mensaje; Zaldarriaga contestaba. Estaba vivo.
La esperanza se le clavó como un aguijón dulce. Debió haberlo pensado, claro: la gente de arriba estaría trabajando para rescatarlos; a ellos o a lo que hubiera quedado, pensó con un escalofrío. Entonces se dio cuenta de que el cuerpo le dolía en muchos lugares, que lo torturaban un par de calambres y que en una de esas, todavía le quedaba resto. Aguzando el oído le pareció percibir un rumor de remoción por encima suyo. Cada tanto escuchaba la campaníta esperanzada entre el Vasco y los de arriba, de ida y vuelta.
Creyó recordar que, durante un rato, se había puesto a contar para entretener el paso del tiempo. No supo si se olvidó o fue un desmayo, pero cuando andaba por los quinientos y pico había oído con claridad el ruido de algo que era movído cuidadosamente por encima de su cabeza. Ahora volvía a escucharlo con toda nitidez, lo que quería decir que los que trabajaban no debían estar más de dos o tres metros por encima suyo y que, al menos en parte, el material que lo cubría debía ser un montón de ladrillos, madera y arena trabados de casualidad, lo que iba a hacer más peligroso el rescate. Cuando calculó que debían haber quitado una buena capa juntó fuerzas y pegó un grito: le salió un sonido débil, lastimero, reseco. Volvió a intentarlo y, aunque le dolió la garganta, el resultado fue mejor. Arriba se detuvo el trabajo por un momento y oyó un rumor confuso que atribuyó a voces. Después la actividad pareció hacerse más intensa y, casi simultáneamente, los mensajes golpeteados en el caño se hicieron más frecuentes y expresivos. Al rato nomás, ya podía percibir las voces con claridad. Y le eran conocidas: uno de los Lucero, el milico Maserotti, el Negro Campos y varias más que no identificaba. Lucero debía estar trabajando encima porque era el que mejor se escuchaba. Volvió a gritar. Dijo quién era , con una voz torturada; le respondieron en seguida: "No aflojés Erasmo, que ya estamos", y le sonó a vida recuperada.
Al llegar a los últimos ladrillos le recomendaron que cerrara los ojos. Después, cuando sintió la gloria del aire fresco en la cara, le cubrieron la cabeza con un paño oscuro. Erasmo pensó sí sería para evitar que la luz lo dañara después de tanta oscuridad o para que no se viera a sí mismo. Se sintió enormemente cansado; notó que le calzaban una soga por debajo de las axilas y que después tiraban despacito y que, lentamente, su cuerpo salía de esa vaina de casi muerte.
Le dieron agua y coñac, siempre con la cara tapada, recomendándole que no se agítara. De a poco le tantearon los huesos y vieron con alivio que no tenía nada roto. Preguntó qué hora era: las once de la mañana... del día siguiente. Había estado veintiséis horas enterrado vivo, como a quince metros de profundidad, providencialmente salvado por un andamio que lo había cubierto y le había hecho hueco al aire que respiraba. Con ayuda se puso de pie y le dio rabia porque las piernas apenas lo sostenían. Al rato nomás lo sacaron a Zaldarriaga, también vivo de casualidad, pero como siete metros por debajo de él. Iba de cabeza cubierta en previsión de la luz y tampoco estaba quebrado, pero su cuerpo era un solo magullón oscuro y aparentaba estar muy dolorido. Aunque Erasmo no quería, a los dos los cargaron en una ambulancia, rumbo a Toay. Por la ventanilla, con el Vasco acostado al lado suyo y diciéndole "nos salvamos de ésta, hermano" recién se dio cuenta de la cantidad de gente que se había reunido en el lugar. Después se durmió profundamente.
Los años han corrido desde aquel suceso. Pasó a ser una anécdota más en los fogones, mientras se dice del oficio que se va perdiendo. A Erasmo ya lo pisaron los cincuenta y sigue peonando en los montes de Toay. Alguna vez aparece uno de esos tipos curiosos, que escriben, y le pide que rememore aquella historia, ya parecida a una leyenda. El lo mide con los ojos entornados, y saborea--y convida-- un trago de vino blanco bebido a morro. Después comienza el relato hablando de su actual oficio. Pocero, cómo no.
Wálter, Santa Rosa, enero 11 de 1992.-
H. Walter Cazenave. Pampeano, profesor de Historia y licenciado en Geografía. Especializado en Hidrografía e Historia del Conocimiento Geográfico regional. Profesor de Geomorfología en la Universidad Nacional de La Pampa. Individualmente o en colaboración publicó, entre otros, Geografía de La Pampa, Crónicas ranquelinas, Campo pampeano, Historia del aprovechamiento del agua en La Pampa, Historia de la agricultura provincial, Victorica en su centenario, Conflictos sociales en La Pampa, Pampas del Sur... Fue periodista, guionista y maestro rural. Entre sus libros de relatos publicó, Moira en Potrillo Oscuro, El Evangelio, según San Esteban, entre otros
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