Sobre las despedidas
Director Aníbal Ford
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Sobre las despedidas
Por Eduardo Romano


Durante la enfermedad de Aníbal Ford, que fue larga, que dejaba poco espacio a la esperanza, tuvimos oportunidad de retomar una charla que, sin llegar a interrumpirse, había desaparecido de nuestras agendas cotidianas. Desde aquellos primeros años de los 70, cuando solíamos reunirnos una vez a la semana en su departamento de Avenida Libertador, casi frente a la Plaza de Retiro, había corrido demasiada agua, por abajo y por arriba de los puentes.

En aquel momento, que siguió a un cursillo dictado por él en Extensión Universitaria y al cual asistimos con el poeta Alberto Szpunberg, donde explicó algunas técnicas aprendidas en Francia para reflexionar sobre textos literarios con un público no especializado, incluso de obreros, discutíamos, por tandas, las posibilidades para la crítica literaria del estucturalismo y los procesos políticoculturales que habían desembocado en las rebeliones del tercer Mundo, las potencialidades revolucionarias del peronismo, los peligros y desvíos que acechaban a cada paso cualquier intento de organización desde las bases populares.

Cada uno tiraba algún autor sobre la mesa, lo leíamos por separado o en conjunto, lo discutíamos con vehemencia. Cada uno aportaba, de hecho, su propia biblioteca y si Aníbal manejaba con soltura a Cassirer o Susan Langer, a los retóricos de Chicago, a Brogan y MacDonald -por sugerencia de Augusto Raúl Cortazar-, yo estaba entusiasmado con la sociología de la vida cortidiana explorada inteligentemente por Henry Lefevbre, fuente que le sirvió a Juan José Sebrelli para hacerles creer a muchos (en una adaptación breve y superficial que tituló Buenos Aires, vida cotidiana y alienación) que pensaba. Juntos elaboramos un análisis narratológico de "El Sur", cuento de Borges, cuyos esquemas amarillentos conservo en alguna caja de archivo.

Ambos, por separado, conversábamos mucho con Jaime Rest, casi el único profesor vivo en una Facultad de plesiosaurios reflotados por el golpe militar de 1955. Era un liberal coherente, lo que, al margen de generar permanentes discusiones, nos enfrentaba a un tipo de intelectual casi inexistente dentro del sectario liberalismo argentino. Estábamos atrapados, simultáneamente, en las argumentaciones de Antonio Gramsci, de Franz Fanon, de Darcy Ribeiro, y considerábamos críticamente los aportes al pensamiento nacional de Hernández Arregui, de Abelardo Ramos, de Arturo Jauretche -al cual le dedicó luego Aníbal un sustancioso Prólogo- y de Raúl Scalabrini Ortiz, cuya trayectoria literaria revisé con un grupo de estudios posteriormente.

Ese acopio nos habituó a considerar la literatura desde otro lugar, a recomponer una continuidad entre los "grandes autores" consagrados y los productos más humildes, que hasta cierto punto y desde una lectura desprejuiciada, se explicaban mutuamente. Relacionábamos el texto literario con otros discursos, aunque no tuviéramos una idea muy clara de lo que hacíamos. Muy poco después, la lectura de las primeras traducciones de Mijail Bajtin, nos dirían que no estábamos tan equivocados y nos proveerían de mayor respaldo teórico.

Creo que esa actitud puede ejemplificarse con el fascículo 155 (Literatura y mito) de Capítulo Universal, la Historia de la Literatura Mundial, en el cual comenzábamos diciendo: "En la primera parte de este capítulo trataremos las proyecciones del archivo mitológico sobre una determinada práctica literaria: la de la literatura europeo-occidental en el lapso que va desde el siglo XII al XX. En la segunda parte analizaremos las relaciones entre mito y literatura (creación y crítica) a la luz de las teorías que surgen con el desarrollo de las ciencias sociales a fines del siglo XIX y que van a modificar en diversos planos dicha relación." De hecho, yo me ocupé preferentemente de lo histórico y Aníbal de lo teórico.

Sin ser lo que se suele llamar "tangueros", sospechábamos que en esa música -y en sus letras- había huellas de una identidad que se gestó, se consolidó y entró en crisis en consonancia con otros aspectos de nuestra historia sociocultural y que podían leerse a despecho de las teorías y de las técnicas que predominaban en el campo de las ciencias sociales. Un resultado simétrico de tales búsquedas fueron su libro sobre Homero Manzi, en la colección Historia popular del Centro Editor de América Latina, y un curso que dicté en el Centro de cultura católica, a instancias de Graciela Perosio, y se convirtió en un artículo para el suplemento "Cultura y Nación" del diario Clarín y pasaría luego al libro Sobre poesía popular argentina. Pero, además, mi poema "Cartas I" fue convertido por el bandoneonista Alberto Garralda y mis propias correcciones en el tango "La zorra tristeza". Recuerdo las horas que conversamos, apasionadamente, acerca de aquellas reflexiones suyas sobre las relaciones poesía/política/sociedad y sobre esa grabación.

1967 fue un año clave para ambos como escritores y lo vivimos en compañía. En la editorial Jorge Alvarez, sello que convocaba entonces a muchos jóvenes promisorios, como Ricardo Piglia o Germán Rozenmacher, apareció Sumbosa, en cierto modo un homenaje y una toma de distancia respecto de Julio Cortázar. En su colección Enciclopedia Literaria del Centro Editor incluyó mi Análisis de Don Segundo Sombra, donde se advertían las huellas barthesianas de lo que habíamos estudiado junto a un enfoque sociocultural que las contrariaba.

Ambos transitábamos, creo, la orilla entre una literatura aprendida en la Facultad de Filosofía y Letras, de la cual renegábamos y a la cual reconvertíamos, y unos géneros populares (la canción, radioteatros y teleteatros, los folletines) que nos interpelaban desde su vigencia en el gusto del público y la ceguera ante tal situación que los intelectuales como nosotros demostraban. La necesidad de abordar ese corpus nos valió el mote de "populistas", por parte de quienes esperaban el arribo futuro y posrevolucionario de lo popular. Lo cierto es que el siglo XX se nos fue y, aunque cachuza y medio fané, la única revolución que vivimos fue en nuestra infancia (entre 1946 y comienzos de los cincuenta), cuando fuimos "privilegiados" y el orden tradicional pareció conmoverse, crecieron los obreros en dignidad y en posibilidades de vida, muchos llegamos a la Universidad cuando nuestros padres apenas si habían completado la primaria.

Para colaborar en la colección que Aníbal dirigía en el Centro Editor, empresa con la que Boris Spivacow había replicado a su desplazamiento de Eudeba por la dictadura de la "morsa" Onganía, le recomendé a Jorge Rivera (1935-2005), con el cual me conocía desde quince años atrás y con el cual habíamos compartido la aventura de Aguaviva (plaqueta plegada y sello editorial), la coincidencia en una poesía conversada y en torno a las experiencias cotidianas. Las reuniones en el amplio departamento de Aníbal albergaron ahora a un trío y, entre otros proyectos, comenzamos a elaborar un fascículo sobre el tema cultura y dependencia que al final completé yo solo (Transformaciones n. 76), porque ellos prefirieron elaborar un sintético e insoslayable panorama de los medios gráficos en la Argentina que se publicó primero en Alemania y luego en Medios de comunicación y cultura popular (1983).

Ese volumen, precisamente, reúne buena parte de lo que produjimos durante una década. El Prólogo (en realidad doble, porque la edición se retrasó un año a causa de nuestras cíclicas devaluaciones financieras) de Heriberto Muraro y el colofón de Jorge Lafforgue, su editor, incluyen dos nombres que estuvieron cerca de nosotros en esos años y con los cuales también compartimos dudas e inquietudes. Con Aníbal me veía muy frecuentemente porque yo vivía a pocas cuadras de la redacción de Crisis y, como él acababa de separarse de su primera mujer, almorzaba en casa con frecuencia. Tenía mucha habilidad manual y me cortó las maderas para una biblioteca que armé, sobre una pared, con ménsulas. De esa destreza me queda una pequeña cabeza tallada del Chacho Peñaloza, que engarzó sobre un rulemán: entonces se sentía orgulloso de ser escritor y fletero.

Es claro que durante la misma década nos habían sucedido algunas otras cosas decisivas. A él una reclusión en la Penitenciaría por haber participado en una asamblea de docentes opositores a la dictadura que se autoproclamaba Revolución Argentina para permitir el ingreso y la actividad en el país, sin restricciones, de las multinacionales. De lo cual inferíamos, antes de saber nada acerca de Peirce, que sin sentido del humor y de la ironía, y sin un poco de semiótica, era imposible ser argentino. A mí, que tenía más vocación por las marchas multitudinarias, me habían corrido, gaseado y bautizado con agua colorante en diversas arterias de la gran urbe civilizada.

Lo más importante, sin embargo, fue la campaña por la candidatura del "tío" Cámpora, los contactos con otros grupos de intelectuales que también se interesaban en la problemática de cultura y medios de comunicación, aunque solían hacerlo, dentro del peronismo, con criterios provenientes del marxismo ortodoxo o de la escuela de Frankfurt. El entusiasmo de la "primavera camporista" nos llevó a propagar lo que pensábamos en las aulas del hoy simbólicamente demolido y convertido en plaza pública Hospital de Clínicas. Las clases derivaban inevitablemente en asambleas y las numerosas innovaciones que ensayábamos, con y sin éxito, como tomar exámenes grupales y discutir la calificación de cada grupo con los propios alumnos, en lugar de excluirlos en ese momento crucial, como se sigue practicando hasta hoy día, esperan ser retomadas.

También los esfuerzos por recuperar e incorporar numerosas prácticas literarias (guiones, libretos, notas y versos humorísticos o costumbristas) que los criterios académicos anodinos nunca habían considerado relevantes. Las lecturas de Patoruzú y de Rico Tipo, donde uno descubría por ejemplo que había colaborado con seudónimo Enrique González Tuñón, o la reflexión y debate acerca de las transposiciones literarias en el cine a partir de Las aguas bajan turbias o Los isleros. El intento de organizar una carrera de Comunicación social y cultural en la misma Facultad de Filosofía y Letras sólo se convertiría en realidad diez años después y en otra institución.

Sobre buena parte de esta experiencia dejó Aníbal su testimonio en 30 años después. 1973: las clases de Introducción a la Literatura y otros textos de la época. Política, comunicación y cultura. Cito este pasaje de la página 21 que me parece un resumen significativo: "Nuestra defensa de cierta industria cultural nacional no viene del populismo sino de lo que habíamos descubierto estudiando géneros y autores marginados o no canonizados por la cultura oficial de la derecha y en parte también por la izquierda. Esta salida del canon (…) es para mí el movimiento teórico más fuerte y es el que algunos van a comparar con el surgimiento de los estudios culturales en Inglaterra."

Sobrevino muy rápido la contraintervención universitaria liderada por el anacrónico ministro Ivanissevich. Nuestros trabajos sufrieron un cierto distanciamiento, porque Aníbal ingresó a la empresa anaeróbica de un amigo para desplegar su ingenio comunicacional y yo seguí aferrado a la docencia universitaria en Rosario, de donde me expulsaron oficiosamente en 1976 (todavía espero que alguien saque del cajón del olvido la resolución del presidente Alfonsín que recomendaba reincorporar a quienes estuvieran en tal situación). Ahora nos reuníamos en un bodegón de la calle Rawson y Lezica, a media cuadra de la editorial Legasa, donde era asesor Jorge Lafforgue, quien lo había descubierto y bautizado (Osorio´s) con el nombre del único mozo atrabiliario que nos atendía y entendía después de la cuarta botella.

Allí trajo un día Aníbal el libro de Jesús Martín-Barbero, cuya lectura cundió pronto entre el estudiantado de comunicaciones (las carreras se habían multiplicado en el país durante la década del 80) que fuera de Buenos Aires, donde tuvo varias reimpresiones, ignoraban la existencia de Medios de comunicación y cultura popular. Aníbal se preocupó de tomar contacto con el autor, le habló de nuestro trabajo y todos tuvimos luego la oportunidad de comentarle coincidencias y diferencias.

Cuando las persecuciones y restricciones dictatoriales comenzaron a aflojarse, reiniciamos los encuentros con algunos compañeros entusiastas, como el "Tate" Martínez, y contribuimos a animar su Centro Cultural (de Unidad Básica) desde 1980. Simultáneamente, coincidimos en la fundación de ASAyC (Asociación Arte y Comunicación) donde leíamos trabajos y los discutíamos con los Oscares (Stemberg y Traversa), con Muraro, con Rivera, con algunos visitantes destacados, como Beatriz Sarlo o Carlos Altamirano. Ahí comenzó a gestarse un nuevo intento de creación de la carrera de Comunicación, que llevarían adelante otros intelectuales de credo alfonsinista.

En fin, el reintegro a la democracia nos permitió, con demora, cuando los muchachos del Centro de Estudiantes lo exigieron, volver a la carrera de Ciencias Sociales de la UBA. Para entonces, yo ya había concursado en Filosofía y Letras, pero acepté fundar el Seminario de Cultura Popular y cultura de masas, a pesar del desagrado de la entonces directora de la carrera de Comunicación, e iniciar una nueva experiencia. Ese nuevo acercamiento culminó cuando conseguimos que Aníbal dirigiera la carrera. Años después, Schuberoff decidió hacer efectiva una Resolución que impedía tener dos dedicaciones en distintas Facultades, perdí el cargo y la renta simple ($ 200) de Sociales, seguramente porque temía que llegara a enriquecerme como él o como María Julia.

La presencia de Rivera en la editorial Puntosur motivó a Aníbal para que reuniera una nueva serie de cuentos, recuperando asimismo algunos de Sumbosa, y el autor me solicitó un Prólogo para ese volumen. Traté ahí de deslindar los cruces (un término que Aníbal usaba a menudo) e interferencias cortazarianas y los nuevos caminos que abrían otros textos, los que -escribía- "adhieren a esa peculiar línea de narradores que, desde Horacio Quiroga hasta Haroldo Conti, han indagado la actitud de los pioneros en zonas inhóspitas y su relación con la naturaleza, mediatizada en todo caso por las herramientas o la maquinaria, así como el temple anímico para afrontar aventuras entre heroicas y desesperadas".

No voy a dar cuenta ahora de las vicisitudes posteriores de su narrativa ni de su sostenida labor como periodista y estudioso de las comunicaciones. Forman parte de una etapa que ya no fue estrechamente compartida, como la que se cierra a mediados de los 80, aunque de tanto en tanto nos cruzáramos a "cambiar figuritas" -otra expresión muy suya- y tal vez porque la consumición etílica en un almuerzo había descendido notoriamente. En uno de las últimos ágapes compartido con Lafforgue se quejó, eso sí, se que no hubiera postre en la posada elegida.

Bueno, pongo fin a esta selección de recuerdos con el comienzo (manejarse con lo cíclico transmite siempre una lejana esperanza de retorno), con las visitas durante su enfermedad. Un mediodía, en el CEMIC, adonde ingresaba una y otra vez por reiteradas neumonías, lo encontré más animado y en un estado muy especial, que fue el de esas últimas semanas: recordaba cualquier detalle del pasado, pero ignoraba hasta el nombre de la actual presidente. Sus ojos también se perdían buscando por el cuarto, seguro, imágenes de otros tiempos. Al ir a despedirme afectuosamente, me sorprendió con otra despedida, rememoró que la nuestra había sido una linda amistad, con momentos muy creativos. No atiné a contestarle, más bien balbuceé no sé qué y me di vuelta, porque las lágrimas no son buenos indicios para un amigo internado. Aprovecho este lugar para responderle, no sin emoción, que su gesto de despedida tuvo mucha entereza y que también hubiera querido decirle muchas cosas ya que se aproximaba su partida. Por fuera de las creencias religiosas, insinuó que tal vez, en otra dimensión, tendríamos oportunidad de retomar aquellas conversaciones, aquellos proyectos, aquellos trabajos en común. "¿No nos queda nada pendiente?" era una frase con la cual habitualmente cerraba nuestras comunicaciones telefónicas. Yo, con mala fe grosera, le respondía a menudo "Sí, Aníbal, felizmente todavía tenemos algo pendiente". Y por las dudas, añado ahora, dejemos nuestra despedida final en suspenso.


Eduardo Romano es escritor, crítico literario y docente. Ha realizado estudios sobre cultura popular e industrias culturales, periodismo, teatro y literatura.
Como periodista, ha colaborado en La Opinión, Clarín, Crisis, Tiempo Argentino y Página 12, entre otros.

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